Introducción: hablemos de investigar la comunicación

En junio de 2013, se comentó reiteradamente la siguiente noticia: en el libro Aromas, destinado a alumnos de segundo grado de educación primaria y que forma parte del Plan Lector del Ministerio de Educación Pública en Perú, se explicaba “El origen de las razas”; ahí, en un pasaje cuando los personajes salen de una laguna a la que habían ingresado tras permanecer en una caverna, se dice: “La primera raza que se originó fue la blanca, luego surgieron los indios, porque el agua ya estaba turbia y, finalmente, los que no salieron a tiempo, quedaron negros” (El Universal, 2013).

La polémica, a través de las redes sociales, se suscitó de inmediato y diversos especialistas fueron interrogados:

 

Los niños son racistas, son muy sensibles a las características de una persona, que pueden provocar segregación. Después de una breve consulta sobre discriminación en la educación inicial, hemos encontrado: “no juego con él, porque es negro”, “no juego con él, porque es pobre”. No es que los niños no tienen conciencia de a quién admitir y a quién segregar, en eso están equivocados”, sentenció la coordinadora de la Campaña Peruana por el Derecho a la Educación (El Universal, 2013).

 

Valga el fragmento por demás inadmisible del libro Aromas, publicado en el diario El Comercio, uno de los periódicos más antiguos y de mayor circulación en Perú, para demandar que estas temáticas interpelen severamente a los investigadores en comunicación social, tanto por el torpe e imprudente tratamiento de una leyenda que se difunde en el norte peruano como por su publicación, descontextualizada en un texto escolar.

Después de algunas décadas, en las que, de una u otra manera, se han tratado temas como la igualdad y la equidad, y se han estudiado concepciones y actitudes que denotan significados racistas, ¿cuál es, entonces, la responsabilidad de los estudiosos de la comunicación intercultural para que, junto con las “otras voces”, las aparentemente distintas, se comprenda y explique qué hace que un niño no juegue con otro “porque es negro, porque es pobre” o porque presenta alguna discapacidad?

Cómo se justifica que, en el interior de la república mexicana, algunos mayas yucatecos afirmen: “Hablar la maya no sirve para conseguir trabajo” (Ruz, cit. en Cornejo, Bellon y Sánchez, 2008) o, más graves aún, las palabras del líder huichol Samuel Salvador: “En trescientos años de escuelas de misioneros en la sierra, no tenemos un solo médico, arquitecto o abogado” (véase el artículo de Corona en este libro); ¿qué faculta a un granjero canadiense para que le diga a un migrante mexicano: “Te quiero para que trabajes, no para que te adaptes”? (Rosales, 2013).

¿Cómo se acepta que en los autobuses de Bogotá, Colombia, se exija: “Toque el timbre una sola vez, no sea indio”? (Restrepo, 2013) o ¿de qué manera se admite la afirmación “ser homosexual es un defecto moral” (Anodis, 2013; Vértigo Político, 2013), como aseveró, en fechas recientes, un centro mexicano de investigación en opinión pública? o ¿por qué se permite que en una playa limeña se instale, sin el menor reparo, un letrero que señala: “Prohibida la entrada al mar con perros, bebidas alcohólicas, niñeras y sirvientas”? (Blog de Tony Will, 2013).

¿Copresencia disímil de culturas?, ¿acervos culturales distintos y confrontativos?, ¿respeto mutuo?, ¿historias compartidas?, ¿vínculos de reciprocidad?, ¿asimetría?, ¿prejuicios?, ¿apatía política?, ¿indiferencia social? Son éstas precisamente las reflexiones que inauguran el libro Culturas en comunicación, que dan cuenta de la participación de algunos sectores de la sociedad civil a través de la Internet o de la información que proveen ciertos portales o redes electrónicas para los usuarios, así como de la espectacularización de las noticias políticas en programas televisivos de entretenimiento, formas de irrumpir en la escena pública desde la comunicación, la información y la expresión.

Culturas en comunicación reconoce y propone diversas formas de estudiar los procesos comunicativos desde sus distintas dimensiones: intercultural, multicultural o transcultural. Se trata de pensar en la comunicación como un campo analítico de estudio que se despliega en múltiples ámbitos explicativos para dar cuenta del hacer de las personas y los medios, enraizados en contextos sociales específicos.

Ahora bien, los portales, las redes electrónicas y la Internet constituyen, de una u otra manera, “artificios culturales” (Fonseca, cit. en Alabarces, 2012) que contienen espesor simbólico y que no pueden pensarse fuera del espacio político donde se ponen en juego —incluso a riesgo de ser esquemáticos —relaciones de poder. Como se advierte, debemos dar nueva vigencia a la certeza académica que aseveraba que nuestras sociedades están lejos de la igualdad y la democracia, y que, en nuestros días, constituyen, pese a las innovaciones comunicativas y tecnológicas, un agudo horizonte de fisuras que merece estudiarse con rigurosidad teórico metodológica, para evitar así que la sociedad de clases se eclipse detrás de las redes electrónicas.

De esta manera, el presente libro está integrado por nueve capítulos que examinan los distintos subtemas indicados. Tal diversidad temática ha sido agrupada en dos partes. He aquí una sucinta descripción del contenido del libro. La primera parte, que hemos denominado “De vocación intercultural”, está conformada por cuatro capítulos, mientras que la segunda parte, titulada “De las tecnologías de información”, está integrada por cinco.

El primero, “La comunicación y su vocación intercultural” —a partir del cual se da título a este apartado—, de Sarah Corona Berkin, destaca precisamente que el rasgo que define a la disciplina no es el estudio de redes y tecnologías, sino más bien el reconocimiento de la diversidad de quienes habitan el espacio público y sus formas de relación y convivencia política.

A diferencia de muchas investigaciones en comunicación, en las que se desvaloriza el aspecto político de la diversidad de los hablantes, Corona Berkin asocia el concepto de interculturalidad con política, en tanto que afecta al ciudadano, a la polis, a lo público. De ahí la importancia de hacer un discurso para que el interlocutor lo comprenda, lo cual significa elaborar un código compartido y construir lenguajes que descubran las culturas en comunicación.

Corona Berkin discute una propuesta sobre el tema y esclarece algunas perspectivas teóricas en torno a los otros. Menciona cuatro formas de aproximación a éstos: el otro del respeto, el otro nacional, el otro colonizado y el otro mestizo. Ella argumenta que el mestizaje es el lugar dinámico de comunicación, es decir, el “tercer espacio”, que adquiere fuerza en dos sentidos: primero, al compartir una lengua, es posible la comunicación con el otro y, segundo, el nuevo producto es fuente de resistencia e impugnación de aquella cultura que se presenta como superior o hegemónica.

Este capítulo aporta pautas teórico metodológicas para un “modelo de interculturalidad” (dialógica) entre los “distintos”, el cual se aleja de las formas tradicionales de construir al otro. La autora genera cuatro principios que lo distinguen de la investigación intercultural hegemónica:

 

El conflicto fundador.

La autonomía de la propia mirada.

La igualdad discursiva.

La autoría entre voces.

 

Para concluir, Corona Berkin asevera que la comunicación intercultural expone procesos y proyectos de investigación en movimiento: “El interés migra hacia las formas en que ellos, los muchos otros que todos somos, buscan la verdad sobre sí mismos. [...] el mestizaje está presente en todos y que el fin social —la convivencia en el espacio público— es el reconocimiento mutuo a partir del nombre con el que cada quien desea ser nombrado” (pp. 43 y 44 de este libro). Quizás el aporte que nos entrega esta autora nos permita comprender que vivir en democracia es (con)vivir con los diversos, un espacio donde se discute y argumenta tratando de construir condiciones de igualdad.

El segundo capítulo, intitulado “Entre medios, usos y producción de sentido: migración, interculturalidad y después”, de Jerónimo Repoll, se centra específicamente en investigaciones cuyos objetos de estudio son los procesos de recepción televisiva de migrantes en distintos contextos culturales; documenta cómo los medios de comunicación (sobre todo, los impresos) presentan a la opinión pública los relatos de migrantes.

También se analizan en este capítulo datos precisos sobre la migración centroamericana y mexicana hacia Estados Unidos. Para retomar un estudio específico, Repoll expone los resultados de una investigación empírica sobre la interacción de audiencias multiculturales en situación de interculturalidad, realizado en 2004 con migrantes afincados en Barcelona.

De igual modo, destaca la importancia del hecho de que los inmigrantes “tomen la palabra” casi siempre carentes de la condición de ciudadanía o, en el mejor de los casos, asumiendo una limitada. De acuerdo con Repoll, “tomar la palabra” constituye una forma de recuperar parte de la ciudadanía cercenada (pp. 47-48), es decir, hacer que los otros no hablen por nosotros. Repoll finaliza su capítulo afirmando que las situaciones de interculturalidad no son irremediablemente choques culturales.

El tercer capítulo de la primera parte, “Interculturalidad y radio de servicio público, hacia un modelo de comunicación”, escrito por Vicente Castellanos Cerda, pone a discusión los resultados de una investigación sobre la oferta intercultural de cinco estaciones del cuadrante metropolitano de la Ciudad de México que se definen a sí mismas como medios de servicio público. El autor propone los rasgos de un modelo de comunicación radiofónica que contempla, en el marco del servicio público, programación intercultural, no sólo referida a grupos étnicos minoritarios, sino también a los que asumen una identidad y una existencia diferente, en comparación con lo ajeno, con el otro.

Según Castellanos, el corpus de análisis de su trabajo constituye un sistema de microespacios mediáticos que representan el diálogo entre diferentes y no sólo una yuxtaposición de discursos contradictorios. Son dos las nociones que propone este autor como eje del modelo: la comunicación intercultural y el servicio público. Señala que una emisora de radio de servicio público toma sus referentes no sólo a partir de su cercanía con el radioescucha, sino en función de su zona de cobertura; también resulta importante la reflexión por parte de los equipos de producción y de los programadores de las estaciones de radio en terrenos históricos y culturales más amplios.

Castellanos afirma que uno de los rasgos de los medios de servicio público debería ser el papel activo y consciente sobre los derechos que la gente tiene en cuanto a la posibilidad de expresión y difusión de sus formas de existencia a través de los medios disponibles, y que éstos deben garantizar un flujo de mensajes plurales y diversos. Asimismo advierte acerca de la necesaria independencia de estas emisoras respecto de quienes reciben financiamiento y la importancia de contar con representantes de la ciudadanía en órganos en los que se toman decisiones sobre la marcha de esas emisoras, lo cual permite cierta garantía en el cumplimiento de sus objetivos públicos e interculturales y que, además, las estaciones de radio se legitimen frente a sus audiencias al escucharlas y orientar sus contenidos a partir de lo que la gente quiere oír.

Vicente Castellanos también elabora esta propuesta para ofrecer un piso conceptual que garantice a hombres y mujeres lo que él denomina “el derecho de antena”, tanto al producir contenidos radiofónicos como al difundir lo que un radioescucha tiene derecho a saber para confrontarse con lo que le es ajeno, pero comprensible.

Esta primera parte se cierra con el capítulo “‘En Estados Unidos está prohibido enfermarse’: migrantes yucatecos” cuyas autoras, Inés Cornejo Portugal y Patricia Fortuny Loret de Mola, discuten aspectos generales del bienestar integral de mayas yucatecos avecinados en San Francisco, California, y Portland, Oregon. Ellas abordan a la que denominan “paradoja de la salud”, es decir, a mayor permanencia y mejora de los recursos económicos en Estados Unidos decrecen las condiciones de bienestar de los migrantes yucatecos. Así, ellos interactúan con la sociedad receptora en una suerte de antagonismo adaptativo que a menudo les cobra física y emocionalmente la factura. Cabe señalar que los investigadores de esta temática con frecuencia han retomado las consecuencias biológicas o físicas de la migración, pero no han puesto especial atención en lo que ocurre con los sentimientos de orfandad, marginación o exclusión que generalmente experimentan los migrantes.

Cornejo y Fortuny revisan, por medio de entrevistas realizadas en Estados Unidos y en el sur de Yucatán, qué significa y cómo se expresan emocionalmente esos sentimientos; de qué manera se atienden o postergan la asistencia a servicios médicos; y cómo utilizan medicamentos, accesibles a través de los envíos de los familiares, para paliar sus dolencias (depresión, angustia, alcoholismo, entre otros padecimientos).

El aporte del trabajo presentado por Cornejo y Fortuny quizá abra nuevos cuestionamientos sobre las vivencias emocionales de los yucatecos, además de que explora los significados de permanecer breve o prolongadamente en una sociedad que no los reconoce, pero sí los nombra como “ilegales”.

Para concluir el capítulo, Cornejo Portugal y Fortuny Loret de Mola proponen revisar la dimensión comunicativa de la migración a través de un “Documental sonoro”, es decir, ponen en cuestión cómo hacer visible para sí mismos las diferentes etapas o momentos del proceso migratorio; de qué manera, a través de las narrativas, los sonidos, los silencios y las expresiones de los migrantes, se acomete la dimensión comunicativa desde una reflexión intercultural, la cual, según las autoras, no es precisamente armónica o convivencial.

La segunda parte de Culturas en comunicación, titulada “De las tecnologías de información”, comprende cinco capítulos. El primero, denominado “El sentido de las prácticas políticas de los jóvenes en Internet. Análisis de la ejipp 2012”, de María Rebeca Padilla de la Torre, define y establece a la “juventud” como un concepto complejo, polisémico, no ajeno a complicaciones semióticas. Acude a Margulis y Urresti, a Martín-Barbero y a la antropóloga Margaret Mead para formular una categoría operativa para su investigación.

La encuesta, contextualizada en antecedentes políticos relevantes para la juventud actual, se centra en cuatro aspectos: a) prácticas en Internet en un sentido de política formal entre jóvenes; b) prácticas políticas en Internet con un sentido de subpolítica; c) prácticas en Internet con un sentido de subactivismo y d) prácticas políticas presenciales.

Entre otras conclusiones, la investigadora da cuenta de cómo es que los canales de participación política convencionales prevalecen, con todo su peso, por encima de los que surgen o pudieran brotar del uso de la Internet. De manera contrastante, indica cómo es que los porcentajes menores, resultado de su estudio, se asocian con las prácticas políticas de subpolítica o activismo.

En opinión de Padilla de la Torre, las redes sociales y, de manera más precisa, el potencial de la autocomunicación de masas, han favorecido la organización ciudadana, y es innegable que nos han acercado a una mejor democracia, pero, según los resultados obtenidos en su estudio, confirma una desigual participación política de los jóvenes que prefieren los viejos canales de participación sobre los alternativos. En su palabras:

 

La red y las nuevas posibilidades que representan las tic no son en sí mismas lo único que hace posible el cambio social. Para ello, resulta indispensable considerar la diversidad implícita entre los propios jóvenes, la cultura política previa, las motivaciones e indignación que motivan la participación política juvenil, así como los factores que la inhiben, sean implícitos o estrategias claramente desmovilizadoras (véase Padilla de la Torre en este libro, p. 149).

 

El segundo capítulo intitulado “‘Que eso no termine aquí’: de jóvenes mexicanos, participación política y movilizaciones sociales”, de Victoria Isabela Corduneau, nos acerca al surgimiento de una movilización estudiantil —#YoSoy132— que se diferencia de otras por la singularidad de su demanda: la democratización de los medios de comunicación. Una movilización que se distinguió sobre todo por expresar “más una protesta en contra de la insuficiencia de un régimen democrático de poder absorber e integrar nuevas identidades y subjetividades colectivas [...] que una oposición a la democracia como principio” (véase Corduneanu en este libro, p. 189).

En efecto, Corduneanu nos presenta #YoSoy132 en calidad de un nuevo sujeto social cuyo discurso dista de los enarbolados por otros movimientos estudiantiles contextualizados en las históricas movilizaciones ceñidas a la rigidez de la antinomia izquierda-derecha.

El punto de inflexión de su trabajo, que articula conceptos teóricos con la acción social y con la materialidad de lo concreto, se encuentra en la información etnográfica que Corduneanu recoge durante la aparición masiva, en un espacio público, del movimiento #YoSoy132: la marcha a la Estela de Luz del 23 de mayo de 2012.

Partiendo de los conceptos de agencia, subjetividades colectivas, identidades colectivas y memoria social, se analizan las representaciones discursivas del movimiento y sus demandas. Centralmente, Corduneanu nos explica el constructo de las identidades en juego, tanto de protagonistas como de antagonistas. En sus palabras, durante la marcha a la Estela de Luz “emergieron, se juntaron y se negociaron identidades colectivas” (p.154), las cuales se conjugaron con otras identidades sociales y políticas prexistentes y se marcó el rompimiento necesario con el orden simbólico establecido.

La afectación de la identidad estudiantil es, de hecho, el factor detonante que se encuentra en la génesis del movimiento #YoSoy132. Tal y como explica Corduneanu, la asignación de una identidad negativa, estigmatizante, sirve de mecha para el surgimiento de la movilización estudiantil: los alumnos de la Universidad Iberoamericana, al ser presentados como “porros” y “acarreados”, reaccionan acreditándose en las redes sociales, como lo que realmente eran: jóvenes estudiantes de una universidad privada. El segundo detonante, que articula el campo de la identidad social, con el campo de lo político —un factor contextual y coyuntural— se debió a la escasa cobertura que los medios daban a las inconformidades de distintos sectores sociales respecto a la candidatura del Partido Revolucionario Institucional (pri) a la Presidencia de la República, un aspecto que vendría a ser central en la protesta de #YoSoy132.

“‘Que eso no termine aquí’…”, más que un conclusión, es una reflexión en marcha que denota la importancia de las redes sociales en una movilización estudiantil sui géneris, con demandas no vistas antes en el ámbito político. La denominación del movimiento #YoSoy132, por su fuerte carga simbólica, explica la importancia del canal de movilización, mas no necesariamente los alcances de su éxito o fracaso.

#YoSoy132, que en principio aglutinó a escuelas públicas y privadas —antes enfrentadas por identidades sociales antagónicas—, fue, con el paso del tiempo, descomponiéndose en varios movimientos, una circunstancia que, como explica tentativamente Isabela Corduneanu, se debió a la ausencia de una memoria colectiva o de la herencia histórica, ambos factores legitimadores de las identidades y acciones colectivas en tanto sirven de soporte epistemológico y banco de significados simbólicos a la acción colectiva.

Así, la investigadora deja abierta la puerta para quienes quieran ahondar en el valor determinante que pueden tener las emociones, las subjetividades e identidades colectivas en los movimiento sociales, particularmente como factores coadyuvantes de su génesis y desarrollo.

El tercer capítulo de esta segunda parte, “Análisis de la espectacularización y el infoentretenimiento en la televisión mexicana”, de Maricela Portillo, empleó como recursos metodológicos un estudio de panel, que hizo el seguimiento de dos de los principales noticiarios nocturnos de la televisión abierta mexicana (canales 2 y 13), así como el análisis de los contenidos de infoentretenimiento observados en telenovelas y series de ficción (2009-2011).

Los resultados obtenidos confirman la hipótesis en torno a la creciente espectacularización informativa en los noticieros mexicanos y la significativa presencia de infoentretenimiento en los contenidos de la parrilla televisiva. Sin embargo, señala Portillo, éste no es un fenómeno exclusivo de México, sino más bien es propio de la sociedad contemporánea de todo el mundo que se caracteriza por su creciente mediatización.

Apoyándose en autores como Debord, Postman y Morley —que suelen referirse a la sociedad mediatizada o del espectáculo para hablar de la representación de la realidad a partir de imágenes detrás de las cuales ya no existe nada— Maricela Portillo nos indica que un “elemento distintivo de esta sociedad mediatizada es el de la representación en sustitución de lo real [...]. Lo real sólo es tal si es transmitido por los medios” (Portillo, en esta obra, p.197). Esta aseveración, nos dice la investigadora, se sostiene en la teoría de Postman, para quien los medios alteran las formas de conocer y, en ello, se encuentra el origen de los cambios registrados por las sociedades en torno a las nociones de verdad. Si en la anterior premisa radica la importancia actual de los medios de comunicación también deviene de su capacidad de generar, procesar y transmitir la información que finalmente se convierte en soporte de la productividad y el poder.

El vaciamiento de significado de lo real, que los medios procesan con probada eficacia, no se encuentra precisamente en la transmisión y recepción de imágenes, sino en la espectacularización o “el espectáculo mismo que no es en sí un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizadas por imágenes [...]. Es el centro del irrealismo de la sociedad real”.

En el caso particular de México, y a partir de su análisis de los noticieros nocturnos, Maricela Portillo confirma que los contenidos de los programas informativos se caracterizan hoy por hacer uso de recursos provenientes del entretenimiento y de los programas de ficción. El problema radica en que, como resultado del uso de estos recursos, la información noticiosa se trivializa. Además, según señala la cuestión se agrava cuando se convierte en la forma dominante en la que se presenta la política, se hace para esconder algo o se lleva a una imagen distorsionada de la política.

Para ello, los productores echan mano de distintos recursos tales como la personalización, la dramatización, la editorialización, la contextualización, el tono de voz obtrusivo, el acercamiento extremo, los efectos de sonido, los efectos musicales, la cámara subjetiva, la cámara lenta y los efectos especiales.

Desde otro ángulo, el infoentretenimiento ha estado presente en las neotelenovelas que han integrado en sus tramas situaciones políticas vigentes, lo que ha dado como resultado el posicionamiento de la o las televisoras que las emiten. Como una novedosa política de cambio. Tanto Televisa como TV Azteca, han incluido respuestas o planteamientos directos sobre temas de discusión pública desde 2007, colaborando directamente con el gobierno federal para defender políticas presupuestarias, electorales, de la extracción del petróleo o de las crisis económicas.

En contraparte, están las telenovelas de Argos, que presentaron historias que ofrecían interpretaciones contrarias a las que suelen ofrecer otro tipo de series de este estilo en México. Nunca lograron competir con las telenovelas de Televisa o TV Azteca en términos de rating, pero fueron interesantes series de ficción que, en su momento, colocaron en la discusión de los seguidores, sobre todo en Twitter, las hipótesis planteadas respecto de la disputa por el poder político. La pregunta que se formula Maricela Portillo a manera de conclusión es ¿de qué manera afecta en el corto y en el largo plazo la exposición a este tipo de mensajes? En el largo plazo, nos dice, será relevante extrapolar este tipo de planteamientos con la formación de la cultura política de las generaciones de jóvenes ciudadanos y la construcción de ciudadanía.

El cuarto capítulo de esta segunda parte se denomina “Portales institucionales de Internet y espacio público. El caso de Aguascalientes, México”, de Salvador de León Vázquez y Norma Isabel Medina Mayagoitia. Éste evalúa el grado en que los portales de Internet de las instituciones públicas de la ciudad de Aguascalientes favorecen o no la participación ciudadana, con base en la revisión de tres prácticas comunicativas: a) informativa, b) expresiva y c) comunicativa.

Se trata de un estudio interpretativo de las condiciones políticas, organizacionales y técnicas que orientan la construcción de espacios de interacción entre instituciones y ciudadanía a través de los recursos que ofrece Internet, y de modo correlativo y causal de una aproximación a las condiciones en las que la ciudadanía tiene acceso a la participación pública mediante el uso de los portales institucionales en Internet. Es, pues, el ejercicio ciudadano la práctica central sujeta a estudio.

Siguiendo a Schutz, Berger y Luckman, los autores, para efectos de su estudio y para contextualizar la relación entre instituciones públicas y ciudadanía comprenden a las prácticas sociales (la ciudadanía incluida) como “resultado de una construcción permanente mediante la interacción social en la cual los significados de la realidad y la manera de participación en ella permanecen en constante negociación” (de León y Medina en esta obra, p. 211).

El sustento teórico de este trabajo se encuentra en una integración de propuestas para el análisis de las prácticas de la comunicación pública, particularmente las posturas de Beauchamp, quien la define como el “conjunto de fenómenos de producción, tratamiento, difusión y reacción de la información que refleja, crea y orienta los debates de los temas públicos” (cit. en esta obra, p. 212), en los que se insertan actores de distinta naturaleza, es decir, quienes se manifiestan en el espacio público y, por definición, están comprendidos en la agenda pública: políticos e instituciones , ciudadanos y empresas, o los propios medios de comunicación.

Como soporte metodológico, los autores recurren primero al análisis de contenido de cincuenta y nueve portales institucionales: veintinueve de entidades gubernamentales descentralizadas, doce pertenecientes a dependencias del Poder Ejecutivo estatal, dos de los poderes Legislativo y Judicial; uno de un fideicomiso; cuatro de organismos autónomos, y once de ayuntamientos que componen al estado de Aguascalientes.

El instrumento de rastreo comprendió los siguientes parámetros a los que evidentemente se asocian distintos indicadores analíticos: a) informativo: colocación de datos pertinentes en línea; b) expresivo: recursos para la interacción como correo electrónico, foros de discusión, salas de plática, contacto con los responsables del sitio y; c) comunicativo: posibilidad de que el usuario pueda acceder a colocar su propio discurso u opinión de manera pública en la red, es decir, transitar hacia una forma de esfera pública.

A partir de ahí, De León y Medina determinan la presencia o ausencia de cada indicador en los cincuenta y nueve portales revisados, y en última instancia, reconocen las tendencias de los portales respecto a las funciones que privilegian, en contraparte con aquellas menos atendidas. De acuerdo con sus hallazgos se da mayor atención a la práctica informativa, muy por encima de las prácticas comunicativas; un aspecto que los autores interpretan como rasgo distintivo de las sociedades en transición, en las que la participación ciudadana es gestionada por la desconfianza y el control, en oposición a la apertura que supone un régimen democrático.

A manera de conclusión señalan que los portales revisados denotan escaso avance respecto a la inclusión de instrumentos y procedimientos que abran las puertas a los ciudadanos a la deliberación abierta de los asuntos públicos. Más bien se observó en todo el portal la tendencia al aprovisionamiento de datos controlados.

Finalmente, los autores afirman que si bien la concentración de información y la interacción en línea con las actividades gubernamentales en un solo sitio, facilita la confluencia de ciudadanos que buscan soluciones a sus asuntos de orden administrativo o de participación política, tal “concentración incrementa de manera exponencial la cantidad de datos, recursos, aplicaciones y archivos que forman parte del macroportal, configurando lógicas de navegación complejas, confusas y, en general, poco amigables para los ciudadanos” (en esta obra, p. 217).

Cierra esta segunda parte del libro el capítulo de Luis Alfonso Guadarrama Rico, “Teléfonos celulares: usos sociales en jóvenes universitarios”, quien esboza los hallazgos que arrojó una encuesta en línea aplicada con el objetivo de explorar los usos sociales de la telefonía celular en jóvenes escolarizados de nivel licenciatura de la Universidad Autónoma del Estado de México (uaem).

Guadarrama Rico ahonda en el uso del teléfono celular en cuanto éste es uno de los dispositivos tecnológicos que permite dar cuenta de varios paradigmas que prevalecen en la actualidad: a) constituye una de las resultantes de la cuarta revolución tecnológica; b) permite la comprensión de amplios procesos de permanencia-mutación socioantropológica, lingüística, familiar, interaccional y relacional; c) da cuenta —mediante sus usos sociales— que el ser humano continua experimentando viejas y no del todo resueltas necesidades emocionales, existenciales y sociales: protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, identidad y libertad y; d) prevalece, según palabras del investigador una “sed inapagable que busca lo nuevo, aquello que mediante artilugios promete ser personalizado para dar cuenta de que algún rasgo identitario de la persona, se puede incrustar sobre aquello que se produce en serie y de manera masiva” (en esta obra, p.233).

De manera breve, explica la importancia que reviste el teléfono celular en distintos campos de la vida cotidiana: en el ámbito laboral como un recurso que puede vulnerar la seguridad de la información de los grandes corporativos; como un medio de control parental al interior de las familias; como factor de bajo rendimiento escolar en el ámbito educativo, y como un recurso que fortalece identidades individuales o exhibe el estatus de los jóvenes.

Como recurso metodológico, aplica un cuestionario en línea de 45 ítems, distribuidos en siete segmentos subtemáticos, con los que explora los usos sociales, con base en ocho categorías: 1. perfil del usuario-consumidor; 2. vínculo con el celular; 3. servicio de telefonía celular; 4. vía media del uso del celular; 5. consumo; 6. procesos disruptivos, 7. control interaccional y 8. seguridad.

Guadarrama Rico señala que el uso del celular comienza a edad muy temprana (diez años), particularmente entre la población escolarizada. En la medida en que los jóvenes crecen, aumenta el acceso a ese dispositivo —regularmente hasta los quince años, punto máximo cuando la mayoría de los adolescentes han conseguido su primer teléfono personal, por mediación de su mundo adulto—. Es tal el porcentaje de adolescentes que llegan a tener un celular, cumplidos los quince años que Guadarrama estima que quienes lo adquieren a los diecisiete años o más lo hacen de manera tardía.

Esta temprana obtención de un celular entre los adolescentes la explica el investigador por el reconocimiento que los padres y/o las madres de familia hacen a sus hijos cuando concluyen sus estudios de primaria y secundaria “como si trataran de rubricar que se ha concluido un ciclo en su formación escolar, al tiempo que quizá simbólicamente marcan el cierre de la infancia [...] para el caso de las chicas —posiblemente debido a la tradicional fiesta de quince años y, consecuentemente al género—, el celular constituye un dispositivo que se adiciona de manera preponderante entre los obsequios de esta celebración” (en esta obra, p. 242).

Desde otro ángulo, la adopción de la modalidad de pago —prepago o plan—constituye un factor de diferenciación social entre los jóvenes. De acuerdo con los resultados de la encuesta, aplicada por el autor, ocho de cada diez estudiantes usaba el servicio de prepago; en contraparte, uno de cada cinco, contaba con el servicio denominado “plan” o, como se conoce en el sector, “pospago”. Este factor, que puede marcar la diferenciación social, es al mismo tiempo resultado de una estrategia de mercado que ha llevado la telefonía a los sectores de menores recursos y ha favorecido la ampliación del mercado primario y secundario de la telefonía móvil: día con día aparecen y desaparecen “un sinnúmero de teléfonos celulares, modelos y marcas; de servicios (en alusión a sistemas de conexión y de venta por minuto), así como a ramas de actividad, referidas a venta de suplementos para los teléfonos celulares como fundas, audífonos, protectores, bolsos, software y tiendas o talleres para reparar los dispositivos telefónicos” (p.245).

La consolidación de un nicho de consumidores —muchos de los cuales no tienen ingresos propios— que acrecienta y desarrolla sus hábitos intercomunicativos, relacionales, informativos, de entretenimiento y lúdicos; así como la confirmación del teléfono celular como medio de control parental y el propiciamiento de constantes procesos disruptivos de la conversación interpersonal y/o familiar, de la dedicación a la lectura o la realización de tareas escolares e, incluso, de actividades recreativas, como ir al cine, son otras conclusiones a las que llega Guadarrama Rico no sin ponderar en sus palabras: “el costado luminoso, la anticipada inmersión en los usos de esta tecnología hipermediática y nómada, [que] aporta habilidades digitales y algoritmos que permiten y facultan a los jóvenes seguir en el proceso de integración a la sociedad-red de la que forman parte generacionalmente”.

Finalmente, es importante mencionar que esta obra ha sido posible gracias al apoyo que cada uno de los participantes de este libro recibió de sus respectivas instituciones de educación superior (udg; uam-c; uacm; uaa; uia; ciesas, Península y uaem). También se contó con la destacada asistencia de los becarios: Gisela Gómez, Lourdes Villanueva, Ana Maruri, Antonio Quintero y David Arriaga, quienes colaboraron para organizar dos encuentros académicos (Aguascalientes, 2012 y Distrito Federal, 2011) que fueron claves para intercambiar puntos de vista entre el grupo de investigadoras e investigadores que articulan esta obra.

Estamos en deuda con los veintisiete colegas que tomaron parte en la afanosa labor de leer y evaluar los trabajos que conforman este libro. Valoramos el tiempo destinado, pero de manera especial, a cada uno/a de los investigadores nuestra gratitud por sus observaciones y las recomendaciones que, de manera escrupulosa y detallada, nos obsequiaron en cada uno de los dictámenes recibidos. Sin duda, esa labor hizo posible que las dos secciones del libro cobraran mayor consistencia teórico-metodológica y, en diversos segmentos, que cada texto fuese enriquecido. Nuestro reconocimiento a cada uno/a de ellos/as.

 

Inés Cornejo Portugal

Luis Alfonso Guadarrama

Coordinadores

Para comprender la relación entre comunicación y poder, a diferencia de la mayoría de estudios centrados en los medios de comunicación masiva, la autora presta atención al “murmullo social” del rock que, como espacio de deliberación pública, acción concertada y dispositivo de almacenamiento de la memoria colectiva, es un espacio privilegiado de la política.

Este libro recoge el debate respecto de la evolución de las industrias culturales, sus profundas transformaciones y la necesidad de revisar y actualizar la interpretación teórica de este fenómeno.

En el libro se ensayan distintas estrategias para dar cuenta no sólo de la evolución de las industrias culturales, sino, a partir de éstas, poder comprender la mutación cultural que ha dado lugar la revolución digital.

Pantallas, ecosistema de medios, TV, redes sociales, convergencia, transmedia, meta-medio, culturas participativas, nube, experiencias, consumo, ciudadanía, audiencias, usuarios y dispositivos móviles, entre otros elementos, constituyen la atmósfera de la era digital en la que se desenvuelve este libro.

¿Qué sucedió con la televisión que se convirtió en un reto irresistible incluso para los intelectuales?, ¿cómo fue que las teleseries se convirtieron en obras veneradas como el arte? Nutrida del cine y de la literatura, de la música, de la publicidad y de todas las manifestaciones de la cultura y de la vida cotidiana, la TV colocó a las series en el mismo nivel que otras artes. No solo ocupó las conversaciones casuales, sino también los debates académicos, volviéndose un referente. 

Este libro reconoce y propone diversas formas de estudiar los procesos comunicativos desde sus distintas dimensiones: intercultural, multicultural o transcultural. Se trata de pensar en la comunicación como un campo analítico de estudio que se despliega en múltiples ámbitos explicativos para dar cuenta del hacer de las personas y los medios enraizados en contextos sociales específicos.

Las audiencias ya no están donde solían estar en las épocas del broadcasting: muy quietas frente a la pantalla del televisor. La fragmentación de las audiencias es un proceso que comenzó en los años setenta y ochenta con la difusión del cable y la televisión satelital; entonces, el reinado de las tres grandes cadenas estadounidenses (abc, nbc y cbs) empezó a resquebrajarse por la aparición de nuevos canales temáticos como cnn, mtv, hbo y otros. Había nacido la era del zapping.